Cuando mis niños duermen, un breve instante la duda se apodera. ¿Estaré siendo un buen padre? Y entonces quisiera despertarlos y por ejemplo abrazarlos para que no sientan después aquel rechazo de quien nunca fue estrechado en brazos sino sólo por la justa necesidad. O besarlo sembrando en él aquella costumbre que uno no tiene de posar los labios sobre la frente de aquel anciano que le enseñó la vida.Y es entonces, en el silencio de sus travesuras, que me propongo al otro día salir a caminar con ellos y cruzar más de media docena de palabras preguntando cómo van, y contar algún chiste sin gracia y fundirnos en alguna complicidad de la que nunca se entere mamá sino por boca de ellos mismos. Pero a las pocas horas me descubro caminando junto a ellos sumido en mis propios pensamientos. ¿Estaré siendo un buen padre?
Pero es a veces que al llegar a casa, cansado, la menor de mis niñas, la bebe, me alza los brazos desesperada porque le haga caso y con su contacto las dudas -quizás por un momento - se disipan. Y soy feliz.
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